martes, 18 de enero de 2022

IDENTIDADES

 

La habitación estaba a oscuras. El hombre no podía dormir. Fue por un somnífero y agua. A un metro de la heladera lo encontró su hijo que volvía del hospital. Se le acercó amenazante. El hombre lo desafió con su mirada. ¿Cómo pudiste? Dijo el más joven, con una enorme ira contenida en su voz. ¿Cómo pudiste? Repitió. El hombre no dijo nada. Bebió el resto del agua, dejó el vaso sobre la heladera y salió de la cocina. Entonces el joven se sentó con la cabeza entre las manos. Necesitaba procesar los hechos de las últimas horas. Después fue a su habitación y con la serenidad de las decisiones bien meditadas, sacó la mochila de campamento de su placard y empezó a llenarla.

Antes, mucho antes, había sospechado su carácter de hijo adoptivo en susurros de conversaciones escuchadas al pasar, en murmullos que se esforzaba por entender. La ambivalencia de esas frases, si las unía a los rasgos de semejanza con su madre, eran una herida para su inteligencia. En algún momento de la adolescencia se dijo que no pensaría más en eso. Pero la decisión no le impidió seguir advirtiendo los silencios entre sus padres. Los fastidios. La tristeza permanente de su madre. Las discusiones. A veces, los golpes.

No le había extrañado la ausencia de familiares maternos. Se había creído la explicación repetida durante años, desde que empezara a preguntar. Primero un cuentito, después detalles. Recordó ahora que las respuestas más completas siempre habían venido del hombre, mientras su madre callaba. Por algún vicio en la concepción de género, no había sospechado de esa contradicción. Hasta que dejó de preguntar y se sometió a la organización de la vida que su padre le había planeado. Por meses y años le pareció inexplicable su desazón, su angustia, la sensación permanente de soledad. No había hecho amigos en el secundario y apenas alguna noviecita que se conmovía de su tristeza.

Un día, caminando por el centro vio una gran manifestación que encabezaban mujeres con pañuelos blancos en la cabeza. Lo ensordeció la firmeza del reclamo que oía.

Con vida los llevaron.

Con vida los queremos.

Alejándose y acercándose, siguió por la vereda la marcha de ese grupo.

¡Ahora, ahora

resulta indispensable

APARICIÓN CON VIDA

¡Y CASTIGO A LOS CULPABLES!

Fotos en blanco y negro danzaban arriba, al compás de la brisa o de los movimientos de la gente. Cientos de fotos, desde donde lo miraban rostros que le parecieron lejanos y cercanos a la vez.

Llegó muy agitado a su casa y fue derecho a su habitación. Se recostó y cerró los ojos. De pronto, recordó retazos de un poema y abrió la puerta más alta del placard para encontrar la revista donde lo había leído. La tenía escondida. Leyó el texto como la primera vez. Y recordó que la había escondido por intuir que su padre se la censuraría. Se la había regalado uno de quinto, en el secundario, con el pretexto de que en su casa lo mataban si se la encontraban. Después de leerla a escondidas, la metió muy arriba en el placard, debajo de una colección de aeromodelismo que le habían regalado en la infancia. De pronto, su terrible sensación de soledad se había apaciguado. Se secó las lágrimas que le brotaran inexplicablemente y volvió a meter la revista en su escondite. Pensó en lo que le había atraído de ese poema y en las conexiones intuitivas del pensamiento.

Se duchó y regresó al hospital. Su madre todavía estaba inconsciente, conectada a algunos tubos. El matrimonio estaba discutiendo, justo cuando él llegó. Ya no llevaba la cuenta de las peleas que escuchaba desde niño. Al principio él se escondía debajo de la cama, y cuando salía de su refugio, fingía ignorar las marcas de ella. Una vez, ya adolescente, lo enfrentó. Dejá de hacerte el macho, viejo. Le había dicho con el puño en alto y apartando a su madre. Más tarde, le propuso irse de esa casa. Vámonos mamá, no se puede vivir así. Pero ella… lo sorprendió con su pregunta. ¿Y tus hermanos qué harían? Entonces la miró perplejo. ¿Por qué ella no los contaba también para escaparse? Todos. Dijo. Nos vamos todos. Pero ella contestó, Nos buscaría y andá a saber qué hace. El hijo comprendió que estaba muerta de miedo. Ella agregó. Dejémoslo así, yo aguanto.

Él se retiró a su cuarto sin terminar de entender ese miedo de su madre. Pensó que era porque no entendía a las mujeres. O por lo menos, a su madre. Pero lo peor, había sido la esa noche en que llegó en plena pelea, cuando intentó separarlos. Vos no te metas, guacho de mierda, dijo él. La mujer reaccionó. Calláte. Calláte por favor. No me callo un carajo. Que lo sepa, pendejo engreído, que sepa la clase de zurdo hijo de puta que fue su padre. Ella le tapó la boca con la mano. Los miraba alelado. Las inquietudes, las dudas, las ambivalencias restallaron otra vez en su cabeza.

Se aclararon poco después, cuando sentado en la orilla de la cama de su madre, escuchó toda la narración como si fuera un casette grabado hacía mucho tiempo para él. Con el mismo tono monótono para narrar el horror de la detención que la alegría de su nacimiento, empañada por la suciedad del cautiverio, la mujer cerró en un círculo su historia, que ahora comprendía.  Deseó no ser el trofeo ni que su madre lo fuera, a cambio de la vida. Deseó haber muerto allí mismo en esa celda oscura, antes del primer vagido. Después ella le dijo que quería dormir, y él con la ansiedad mezclada de furia y dolor buscó al hombre por toda la casa sin encontrarlo. Regresó al cuarto de su madre para ver cómo estaba y descubrió el frasco de somníferos vacío en el suelo. Corrió al teléfono para llamar a una ambulancia.

Un médico lo apartó de esas imágenes. Está fuera de peligro. Le dijo. Escuchó la voz como si viniera de otro mundo. Caminó detrás del guardapolvo hasta la habitación de la mujer, le dio un beso largo en la frente y luego regresó por el mismo pasillo y a otro más ancho que lo llevó a la salida del hospital.

Mientras el viento del otoño le azotaba la cara, caminó sin poder librarse del asco que sentía. Volvió a la casa y encontró al hombre a un metro de la heladera. Después fue a su cuarto, sacó la mochila de campamento y antes de cerrarla, arriba de todas sus cosas, acomodó la revista con el poema del combatiente. No pudo tampoco despedirse de sus hermanos, porque la ambigüedad de ese concepto se lo impidió.

domingo, 9 de enero de 2022

NEGREANDO


 

Mis hermanos a veces decían del primo Javier: “Anda negreando” y era que salía de trampa con alguna chica humilde del pueblo. Anda negreando. Era vivo, se sabía manejar. Yo era más chica y no entendía mucho de qué hablaban. Una tarde Javier y Víctor, el mayor, secreteaban en el parque de la estancia. Pero los escuché. Tenía algo y se quería curar, le daba vergüenza ir al médico de su familia. – No te queda otra, le dijo Víctor. –Te lo dije, no vas a sacar nada bueno con eso de apretarte a las negras de la villa–. El otro replicó: –Fue en el cabaré de Espíndola, pelotudo. – Y Víctor me descubrió, así que no pude escuchar más. Vivíamos en el campo, un campo grande que habíamos heredado de mis abuelos, pero cerca había un pueblo sustentado por la actividad agropecuaria. Ahí había crecido una pequeña villa, con peones rurales, jornaleros y empleadas domésticas con retiro.

Cuando tuve trece, me pusieron interna en el colegio de monjas del pueblo. Mis padres discutieron un poco antes de hacerlo, porque la otra opción era mandarme directamente a la capital, pero yo me encapriché con que no quería estar los fines de semana también en el colegio, y al final, a fuerza de caricias, pude con la voluntad de mis padres. Igual eran cinco días horribles, todas juntas al baño, cepillarse los dientes delante de las demás, dormir en una especie de cuadra y que las monjas siempre estuvieran mirándonos como si fuéramos las más temibles pecadoras. Yo tenía privilegios, mis padres aportaban algo más de lo previsto, así que ellas me dejaban salir: iba a piano y a francés (antojo de mi padre). Me gustaba el piano, saqué de oído Para Elisa, pero de francés no aprendí nada. Mis padres lo notaban, pero insistían en que esa profesora tenía buenos modales y como yo era un poco desmesurada para su gusto, suponían que de algo me iba a servir el trato con una persona bien educada. Mi madre, a su vez, trataba de que leyera algunos libros sobre buenas maneras que padre había traído de la capital. Por su lado, mi tía, la menor, me introdujo en el arte de fumar, a escondidas, por supuesto.

A los quince empezamos a mirarnos con el muchachito de la casa grande cercana al colegio donde me habían internado, y empecé a escaparme para vernos. Pero, aunque me latía fuerte el corazón y me cosquilleaba todo el cuerpo, no lo dejaba avanzar mucho. La machaca del pecado me latía en las sienes. Mientras tanto, llegó una monja nueva que nos daba Religión. Tocaba temas de la actualidad y una mañana, nunca me olvido, dijo que teníamos que hablar de sexo. Preguntó si teníamos novio, y algunas asintieron. Yo me quedé bien calladita, por las dudas. La monja preguntó abiertamente si alguien tenía relaciones. Silencio. Ni sí, ni no. Por supuesto, quién se iba a exponer ahí. Entonces nos dijo que eso estaba muy bien, pero que ojo, que no fuera que los novios se fueran con una negrita. Y ahí me acordé de Víctor y Javier. Que las negritas no eran la basura nuestra, que de acá y que de allá. Me pareció bien, pero me di cuenta de que esa monja no era como las demás y que mejor en casa, no decía nada.

Pasó el tiempo y un viernes que Víctor me traía al campo, había una camioneta en el estacionamiento, y al entrar a la sala, dos hombres conversaban con mi padre. Yo no conocía a ninguno de los dos, pero saqué cuenta por la edad y el parecido, que eran padre e hijo. Cuando mi papá me vio, pidió que me acercara y nos presentó. El viejo era Esteban Alvear, de una estancia conocida en el pueblo como “La Bonita”. El hijo, Carlos, un pelirrojo desteñido y lleno de pecas, miraba como ausente. Mi padre dijo:

– Don Esteban viene a pedir tu mano para su hijo. –Yo ni lo conocía y estaba sorprendida de que me estuviera pasando eso. Hice una mueca y salí corriendo, en el peor desplante que mi padre y los visitantes se hubieran imaginado. Además, los modales, nena, los modales, dijo esa noche mi madre en el comedor mientras cenábamos. Mi padre se excusó con las visitas poniendo en palabras lo que él se imaginaba: que yo todavía era muy joven y ni se me había pasado por la cabeza un noviazgo. Más tarde trató de convencerme: eran gente de clase, más que nosotros, que prestara atención a lo que le decía, que me convenía Carlos, que era una unión interesante para él también y yo, como hacía habitualmente, le largué: – No soy como una de tus vacas, para que me vendas así. –  Mi padre me dio un cachetazo y volví a salir corriendo, pero esta vez lloraba y estaba hondamente ofendida.

Después de unas semanas, fuimos invitados a “La Bonita” a un asado. Mi madre insistió en encargar un traje de amazona a Buenos Aires. Yo era su debilidad, pero seguía los caprichos de mi padre, que estaba encantado de emparentarse con un Alvear. Teníamos una extensión considerable de campo, pero el nuestro no era nada, en comparación, decía él.  Tampoco compartía la costumbre de ir desaliñado al banco u otro sitio en el pueblo, sino que vestía riguroso traje y zapatos negros. Pero eso era todo. Me di cuenta antes de salir para el asado: se puso bombachas y botas; aún peor: fue hasta los corrales a ensuciarse un poco el calzado con bosta de vaca, para imitar a los estancieros. Yo no cabía en mí del asombro. Me parecía que toda la biblioteca que había leído a escondidas se derrumbaba sobre mi cabeza.

En el asado, el pelirrojo intentaba estar cerca de mí, pero yo huía ante la mirada de reproche de mi madre. Mi padre estaba demasiado ocupado hablando de política con don Esteban, quien en un momento le sugirió a Carlos que me llevara a las caballerizas. Montamos y dimos una recorrida por algunos potreros. Él no hablaba mucho y yo me habría aburrido si no me hubiera gustado tanto cabalgar.

Fue pasando el tiempo, y mis padres accedieron a comprarme un Ford para que ya no estuviera internada en el colegio. Con sus influencias, mi padre obtuvo un permiso especial para que condujera del campo a la ciudad, directo al colegio. Entre tanto, siguieron otros asados, y más que nunca don Esteban y mi padre se enzarzaban en largas conversaciones sobre política y se olvidaron un poco de nosotros, que seguíamos cabalgando y nada más. También empecé a cruzarme con Carlos en la ruta, cuando regresaba del colegio. Pero era tan sólo un intercambio de bocinazos. Mi única amiga me previno: Al pelirrojo le habían puesto el mote de “loco”, porque era medio arrebatado. –Pues, conmigo no se nota–, le contesté.

Corría 1955 y en Buenos Aires pasaban cosas importantes que mis padres celebraban. Cuando cayó “el tirano”, en el pueblo pasó algo que haría que el pelirrojo fuera un héroe para mi padre y para algunos más. Enlazó el busto de “ella”, que estaba enclavado en el centro de la plaza, lo arrancó con un tractor y lo paseó arrastrándolo por todo el pueblo. Esta acción fue el centro de los comentarios durante meses. – ¿Viste? – Me dijo mi padre el viernes cuando llegué del colegio. – Realmente te conviene, valiente el hombre. No le contesté nada, porque él no sabía que en el colegio alguien se había enterado de que Carlos iba a hacer eso, y me volví a escapar.

Fui directa a la plaza donde estaba el busto de “la embanderada de los humildes”, como le decían en la radio que escuchaban los peones en mi casa cuando hablaban entre ellos sin ningún patrón ni el capataz cerca y yo escondida, para escucharlos. Ya no estaba, pero las huellas que había dejado al arrastrarlo, me llevaron hasta detrás del tractor de Carlos, que no iba tan ligero. Se veía que quería florearse con su actitud. Me mantuve a unos doscientos metros para que no me viera y lo seguí en su recorrido por todo el pueblo. No pude evitar la pena al ver los grupos de hombres y mujeres llorosas parados en las esquinas; ellas, enjugándose el rostro con el delantal. Los hombres con mirada atónita, pero apenas vi que uno o dos alzaban el puño en alto. Sólo pude comprender su inacción a la noche, en la cena, cuando mi padre dijo que por fin había una verdadera revolución, que hasta habían bombardeado Plaza de Mayo. Tuve ganas de decir que yo también había estado negreando ese día, porque me parecía que era lo mismo que lo que hacía el primo Javier, aunque ya para ese entonces comprendía bien la diferencia y sabía la que se desataría en la mesa si largaba la frase, así que decidí callarme la boca. Como la gente pobre del pueblo, pensé.

 


 


VIAJE CON GLOBOS

 



Lo había estado pensando desde que cumplí los 12. Y ahora ya estaba ahí, caminando por las vías para que nadie me descubriera y con unos globos para que quien viera desde el otro lado del yuyal que ampara el paso del tren, creyera que eran niños jugando. Nadie sabe de esto. No quise exponerme a que me retuvieran. Desde el día siguiente del cumple de 12, busqué la valijita que mi abuela me había regalado antes de morir, diciéndome: “Lo más importante de la vida es viajar” Esto te va a servir. En realidad, era una breve y antigua valija de cartón, pero me serviría.

Desde hacía un año, guardaba mi ropa allí. Madre se desesperaba cuando desaparecía una remera, un pulóver, algún pantalón, una pollera. Pero yo ponía cara de no saber nada y ella no me interrogaba más. Cuando se podía, reponía la prenda en la tienda de la esquina, y así.

Lo había planeado bien: cuando cumpliera los 13, después de las velitas y de comer la torta, cuando todo se hace un caos de niños jugando por todos lados, yo tomaría un ramillete de globos y saldría con ellos. A la valijita la había escondido hacía dos días cerca del sendero que desembocaba en las vías.

Estaba muy satisfecha de mí misma. Y francamente, aliviada. Muy, muy, muy aliviada. Ese hombre con el que se había juntado mi mamá, ya no vendría a molestarme mientras ella salía a trabajar como doméstica. A medida que me hice grande, comprendía que sus manoseos no eran de cariño. Y no pude soportarlo más. Pero ahora soy libre. En cien metros más de caminar por las vías para que nadie me vea, estoy en la estación. Fui guardándome los vueltos también, y algo de plata tengo, la justa como para llegar al pueblo de mi tía Dorita. Ella me va a entender.

sábado, 8 de enero de 2022

EL JUAN

 


Gabriel tiene el cabello negro y unos ojitos vivaces e inteligentes. Nació en los cerros. Su piel es del color de la tierra. Su cuerpo menudo y ágil corretea por entre los neneos, recordando otro tiempo, cuando descalzo, practicaba su danza guerrera.

Arriba del cerro más alto, le han dicho, aparece la Salamanca. Él no lo cree, pero ahí está; y teme acercarse de noche. Un día de señalada, cuando se juntaron a comer después del trabajo, doña Rosa Quentrequeo, con acotaciones de Antonina (a secas, por la costumbre de todos, pero tan vieja como aquélla) ha contado la anécdota que se fue configurando en las ondulaciones del fuego alrededor del cual todos se acomodaron atentos. Era la historia del Juan Huilcapán; todos la sabían ya, pero les gustaba escuchar a las viejas recrearla cada vez que se juntaban junto al fuego, de noche, en círculo apretado, como si temieran un poco las apariciones:

–... Era de por acá nomá... Y le gustaba tocar la guitarra como a naides, pero no podía’ priender, el pobre –. Gabriel nunca había escuchado el relato, así que prestó mucha atención a las arrugas de doña Rosa, que ahora le parecieron más profundas, en el silencio expectante que se producía mientras avivaba su memoria.

 – La Salamanca e capá de yebarse la gente, inibién la vé ... pero si le gusta el trato, ai sí que arregla –. Después de un silencio que preparó el ánimo del auditorio, siguió la narradora: – El Juan le pidió para tocar la guitarra, poder tocarla, apriender. – En el silencio que se abría paso alrededor de la vieja, para escucharla, Gabriel creía ver al maligno, riéndose sin ruido de ellos, y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral.

– Di a uno se le jueron muriendo los matungo que tenía. Todos, toditos los cabayos. La última noche, cuando murió el último pingo, él andaba como loco por el pueblo. Se chupó unas cuantas cañas, ginebra, qué sé yo, de todo el pobre hombre. Lo miraban con lástima, muchos ya sabían. – La mujer chupó la bombilla lentamente, como para que el auditorio viera las imágenes que ella ya había visto otras veces alrededor de alguna narradora.

– Y al otro día lo encontraron muerto, con la manea colgando. Siaorcó. Todos opinaron entonces, que era porque la parca dipué se yebaría’l padre, o a la mujer. Vaya a saber. Se yebó el secreto a la tumba el pobre Juan. Mire que tanto entregar por tocar la guitarra, qué cosa. – Se extinguió la voz mientras los ojos se prendían al fuego largo rato. También esa noche todos opinaron. Pero con un leve murmullo que no se atrevía a nombrar al maligno. Gabriel escuchaba y miraba la cara asustada de sus mayores.

Ahora creció. Y cuando recuerda el relato, no puede dejar de pensar que se trata de un invento de viejas entretenidas en sucedidos. Pero no se acerca al cerro de noche, por las dudas. Mira el Anequén con respeto, y la figura dormida en la piedra lo estremece porque intuye su futuro eterno, o por lo menos de muchos cientos de años. Cuenta el sucedido a sus hijos, y cree que es una forma de rendirle homenaje a la valentía del Juan Huilcapán, ese pobre hombre que moría por tocar la guitarra.

EL DESARMADERO


 

1

 

- ¿Y a usté qué le parece, don Gabriel?

- Mire, no creo que las vuelvan a ver más si  las entregan.

- Y, sí, pero andan por los campos... ¿Cómo les explicamos?

- Acá siempre se necesitaron, qué le parece. Uno no puede quedarse así, sin nada, de golpe.

-  Dicen que es para registrarlas nomás.

- Pero cuando las compramos, las registramos.

- Y... sí.

- Entonces no es por eso, es para sacarlas de acá, hombre.

- ¿Usté cree? El campesino no contestó. Mirando el horizonte dijo:

- No las voy a llevar. Si llega el caso, les voy a decir lo que ya sabemos, que en el campo siempre hicieron falta, y uno las tiene con esfuerzo, no las vamos a perder así nomás. ¿Y usté?

El otro se quedó un rato en silencio, como masticando la respuesta:

- Tengo miedo, vio. La familia... las chicas.

Sin más, se despidieron, y Simón, con sus arrugas curtidas de chacarero, subió al alazán y lo taloneó. Gabriel Lacombe se quedó mirando el galope corto del caballo. Después se rascó la cabeza por encima de la frente, levantando un poco la gorra en un gesto característico, y por fin se acercó a la herrería. El peón lo miró:

- ¿A usté qué le parece, don Gabriel? ¿Y si vienen por acá?

- Estuviste escuchando

- Y, sí...

- Si vienen las escondemos. ¿Terminaste de engrasar el arado?

- Sí.

- Hay que salir cuanto antes. Vení  ayudáme a sacarle la batería vieja.

- Ese tractor no da más.

- Es un Deutz, otro año tira.

- Sí, pero vio el año pasado cómo nos fue, meta parar cada dos por tres, que los aros de los pistones se engranan, que la varilla de la bomba inyectora-. El peón fingía desentenderse, pero lo miraba de reojo, para avistar el sentimiento.

- Son fierros viejos, hay que armarse de paciencia.

- Uf, siempre lo mismo.

- Bueno Abel, no mascullés más y vení ayudáme. Ya se nos fue marzo y con las pariciones perdimos mucho tiempo, hay que apurarse.

- ¿A cuál le metemos este año?

- El cuadrito chico del otro lado del molino, el que está contra González, y el de este lado, el de la ruta.

- ¿Y qué va a hacer si vienen?

- Veremos- Ahora era Lacombe quien parecía rumiar las posibilidades. Colocaron la batería nueva, y el peón enganchó el arado.

- ¿Empiezo por el del molino?

- Metele nomás. A la hora de la cena te voy a reemplazar.

 

 La tierra negra que levantaba la reja, humedeciéndose y brillando al sol, atraía el reguero de gaviotas cuya estela alborotaba detrás del tractor. Abel manejaba automáticamente, sin percibir ya el olor del humus, ni la belleza de los colores de los pájaros ni sus graznidos, acostumbrado como estaba a seguir el surco.

Pero no sé don Gabriel, tan inteligente, qué le pasa ahora. Si hay que entregar los fierros, hay que entregarlos. Tuvo que detener el tractor para ver qué pasaba, porque una de las rejas se había atascado. Largó una puteada mientras sacaba la piedra, y subió otra vez al tractor. Menos mal que ahora las cosas van a andar más derechas, como dijo el general ese, se consoló mientras se reacomodaba sobre el asiento.

 

2

- ¿Habrá goma espuma, madre?

- Sí, ¿mucha? ¿Para qué la querés?

- o telgopor, por aí’ es mejor- Lacombe había sacado una larga caja de metal de su escritorio, y estaba por forrarla por dentro con el material aislante que le había pedido a su mujer. Quería asegurarse de alguna manera. Al rifle lo metería debajo de las tablas del piso de la habitación que usaba como archivo y escritorio. Iba sacando de la habitación pilas de papeles que acomodaba al lado de la puerta. Miró la biblioteca y con gran pena empezó a retirar algunos libros, folletos, la foto de Fidel Castro.

En cuanto la mujer se acercó a esa ala de la galería, comprendió. Sin decir nada, fue a buscar querosén.  Al rato, ambos acarreaban las pilas de papeles hasta el gallinero. Trabajaron febrilmente, sin necesidad de hablar demasiado. Al cabo de varias horas, un montoncito de papel carbonizado humeaba hacia el potrero de las lecheras desde el gallinero; y un rifle y una carabina veintidós habían quedado resguardados en la caja, con cuidadoso esmero, para que la humedad no taladrara la sutileza del mecanismo de hierro, o estropeara la madera de la culata.

- Voy a cenar primero, madre, porque así viene Abel. Que cene y se acueste, y mañana a las cinco me va a reemplazar. Decíle que deje la petisa en el corral, así va en ella y yo me vuelvo también después; ahora me llevás en el coche.

- ¿Y la dieciséis?

- ¡Todo no podemos esconder! - explotaron los nervios del chacarero. -¿Y las comadrejas? ¿Los perros salvajes? Tener todo guardado es... Además, no sabemos... en una de esas...  El hombre hizo una pequeña pausa para agregar casi de inmediato:

 - Pero es imposible.

- ¿Qué?

- No hay condiciones. ¡Campesinado armado! No me hagan reír.

Cenaron en silencio mientras los hijos se peleaban por un libro y Lacombe los retó varias veces, hasta que los mandó a dormir. Una luz en la tranquera que daba a la ruta les erizó los nervios. Al rato, entre el ladrido de los perros, reconocieron a Roberto, otro chacarero que vivía más lejos que Simón.

- Buenas, buenas.- Se dieron la mano y pasaron a la cocina donde la mujer preguntó por la otra mujer, y por los chicos. Roberto no quiso cenar pero aceptó un cafecito.

- ¿Empezaste a arar?

- Hoy.

- ¿Qué me contás del gobierno?- preguntó Roberto.

-  ...

-  Hoy estuve por el pueblo. Me encontré con Simón y lo acompañé por el asunto ése. En frente a la comisaría, ái’ nomás en la calle, los milicos armaron una pila con las armas que entregó la gente y las subieron a un camión. Así nomás. Las tiraban como si fuera basura.

Lacombe no dijo nada.

AGUA DE FUEGO

 

 

“En el nombre de Dios yo pregunto si Estelita está en Cutral Có.” “En el nombre de Dios yo pregunto si Estelita está en Neuquén.” “En el nombre de Dios yo pregunto si Estelita está en peligro.” “Si está viva/si está muerta/si está herida/si está sola/si está con gente/si está en su casa/si está en una escuela/si está en las calles/si está en la ruta.”  El batón floreado se balanceaba al compás de los tres pasos con los que el cuerpo acompañaba el movimiento del brazo tres veces sobre la cinta atada al picaporte de la puerta. La mujer, cansada de su ir y venir sobre la cinta desde hacía mucho rato, se sentó un momento en la silla junto a la mesa de la cocina. Después se levantó pesadamente y fue hasta el teléfono a marcar el número de su cuñada.

A muchos kilómetros de allí, en una capital de provincia, la gente se movía en oleadas de indignación, pasión política y angustia. Eran las dos, tal vez las tres de la tarde. Grupos de manifestantes se encontraban en las esquinas frente a la casa de gobierno buscando a sus referentes políticos. El estupor y la furia se revelaban en los ojos grandes por el horror. Algunos todavía brillaban bajo las lágrimas derramadas desde la mañana.

El batón se balanceaba ahora al ritmo del pie que acompañaba el marcado de cada número en el teléfono. La prontitud de la respuesta le dio el parámetro de la ansiedad de su cuñada. ¿Mercedes? Escuchó, y percibió en el tono que al llanto continuo en que la había encontrado unas horas antes, le había sucedido la ansiedad de una leve esperanza.

La gruesa columna de humo subía lentamente, blanca. Era una nube sobre las cabezas reunidas en torno al fogón. Estelita se acostó sobre una cubierta que no habían encendido todavía. En su piquete, por ahora, sólo habían prendido leña, porque no era el primero, el que cortaba el paso a los automovilistas de la zona, que, para ese día, ya avisados, buscaban una picada alternativa. Se habían amontonado, sí, muchos camiones y ómnibus de larga distancia. La semana santa próxima había convocado a los turistas distantes a esas regiones de lagos y cordillera. Algunos viajeros que venían desde muy lejos, con el portaequipaje cargado y hasta algún esquí por si encontraban nieve. Se habían encontrado con algo impensable: la ruta cortada. La construcción de un segundo puente interprovincial, la multitrocha y las modernas cabinas de peaje hacían pensar que se estaba en el primer mundo. Las hogueras y la gente en torno, emponchada, la mayoría con frazadas y cobertores, en cambio, producía un efecto de prehistoria ancestral. Así eran las cosas en aquellos días de imposición de una cultura cada vez más parásita a costa de las vidas de la gran mayoría. Estelita sacudió la cabeza en un gesto instintivo para dejar de pensar, y fue a buscar más leña.

Mercedes confortó a su cuñada. Estelita no está en Cutral Có ni en Plaza Huincul; creo que está en Neuquén. A veces anda en la calle, pero nunca está sola. Hay mucha gente, está protegida. Todos están muy preocupados; a veces está en una reunión grande, está rodeada de gente, está cuidada. Gracias Mercedes. Dijo su cuñada, sin preguntarle cómo lo sabía. Conocía a Mercedes. Mientras ésta le hablaba, se la había imaginado preguntándole cosas a Dios a través de la cinta. Mercedes colgó, y se sentó en un sillón a descansar sus piernas. Pensaba en la infancia de Estelita. Isabel había perdido a su primogénita de una enfermedad infantil, así que todos los desvelos familiares se volcaron sobre la niña, que era vivaz e inquieta.  Después de sus seis años, Mercedes e Isabel supieron que tendría una salud de hierro. Y una cabeza igual, decía la abuela. La nuera reía. Estelita se obcecaba en defender sus puntos de vista desde muy pequeña. Será abogada. Decía Mercedes.  Cuando la niña había nacido, la madre de Mercedes, inquieta por las horas que pasaban sin que saliera el médico de la sala de partos, terminó metiéndose adentro, por lo que se hizo meritoria de unos cuantos empujones de la enfermera que la desalojó de la sala. Entonces la abuela rastreó los alrededores del hospital y encontró los ventanucos de la sala de partos. Arrimó varios ladrillos y puestos uno sobre el otro, le dieron la altura necesaria para observar qué pasaba ahí dentro.

La tercera noche ya sabían que había orden de desalojarlos. Estelita había ido a dormir un rato a su casa y había regresado sin atinar a otra cosa que, a ponerse un pañuelo en el cuello, que le serviría contra los gases. Cuando llegó, sus compañeros debatían en asamblea si resistirían o no y hacia dónde marcharían en el momento de la huida. La gendarmería tenía un camión hidrante, las escopetas y un elemento nuevo: una raza de perros cuya mordida se comparaba con un peso de dos toneladas. Ellos tenían la organización, los debates y la fortaleza, además del respeto de la comunidad: habían estado mucho tiempo antes difundiendo sus razones para negarse a una reforma educativa que no era más que otro acomodamiento del sistema a los reclamos del mundo globalizado, cultura impuesta por el Imperio. Volvió a mover su cabeza cuando llegaron al puente. Iba con compañeros de la conducción provincial. Había ido al local del sindicato para que la acercaran en un auto. En la puerta, se había encontrado con una imagen que quedó grabada en su mente: legisladores de distintas fuerzas políticas estaban allí. Estelita no sabía qué decían exactamente, pero era evidente que los habían ganado los nervios y estaban poniendo el cuerpo. Se preguntó por qué no lo habían puesto antes a la discusión y oposición, en el ámbito que les competía: la legislatura. Pensó que era un dato más de la mediocridad en que se movía la clase política. Ahora, agradeció a los compañeros y bajó del auto para acercarse al grupo de su escuela. Ondulaban el miedo y el coraje en olas que chocaban entre sí. La asamblea resolvió los lugares de concentración después del desalojo: dos escuelas cercanas, a cada lado de los puentes. Resistirían sentados en el piso, hasta que pudieran. Con su grupo, siguieron debatiendo y esperando en agonía. Sabían que la represión sería en la mañana.

Estelita recordó la palabra “desalojo”. La había escuchado por primera vez a los siete u ocho años. Su padre había apurado la velocidad y había dicho “un desalojo”. Ella vio en su cara que no quería presenciarlo y sospechó que, sobre todo, no quería que sus hijos lo vieran. Preguntó qué era. Le explicaron. Ahora, no era una casa. Era la vía pública. Las protestas callejeras habían trasladado su fuerza a los cortes de ruta. Se decía que el primero se había producido un año antes en Cutral Có. Una comunidad petrolera que quedara como pueblo fantasma luego de la privatización de la empresa del estado que extraía, destilaba y comercializaba el cutral-có, agua de fuego. Alguien del grupo propuso una concentración de energía; se dieron las manos y unieron las cabezas. Estuvieron un rato así, buscando en la mano tibia de quien estuviera a ambos lados la fortaleza de muchos corazones latiendo al unísono.

A kilómetros de allí, la mamá de Estelita seguía paso a paso la cronología de la lucha a través de los canales de televisión. Discutía con su consuegra. Cortar una ruta es ilegal. Le decían los vecinos. Pero ella defendía a su hija. Confiaba en su hija. Y sabía lo que era protestar. Su padre, el abuelo de Estelita, había sido peón rural. Ella sabía muy bien qué eran la pobreza, la dignidad y la lucha.

A las siete de la mañana, los tacheros apostados en los alrededores avisaron que se acercaba la gendarmería. Los grupos se aproximaron a las dos carreteras y se sentaron en el piso. Cinco mil, seis mil personas, sentadas en el piso. Los compañeros del interior estaban enojados. No querían irse del puente. Querían resistir con piedras. Un año antes, en Cutral Có, lo habían hecho. Los gendarmes habían retrocedido dos veces. Hasta Zapala los vamos a correr a patadas, decían. Cutral Có 2, gendarmería 0. Decía un cartel que andaba por las casas de todos. Pero ahora, la mayoría eran mujeres. Y los dirigentes no querían exponer al conjunto. Así que, en los grupos sentados en el piso, las filas de personas esperando, se discutía todavía. Los compañeros de la comisión de seguridad no daban abasto ante tantos nervios. Cualquier propuesta de resistir era interpretada como proveniente de punteros del propio partido del gobierno, de cuya infiltración había sospechas. Alguien pidió calma. Otro u otra salió en defensa de alguno de seguridad: ¡Paren! Dijo. Es un compañero como todos ¿qué querés que haga?

Al frente de las filas de gente sentada estaban los dirigentes. Algunos legisladores, de esos que no habían hecho nada antes. El obispo, a quien sacaron antes del choque. Ese primer grupo forcejeó todo lo que pudo con los escudos, la cara a diez centímetros de la de los verdugos. No van a poder mirar a sus hijos a la cara. Dijo un dirigente, los ojos desorbitados por la furia, empujando al tipo que tenía enfrente. Cuando la gendarmería rompió las primeras filas y siguió avanzando, no encontró mayor resistencia. Atrás, el carro hidrante barría la zona. Los gases y los ladridos de los perros habían hecho el resto. Después, Estelita vio por televisión que algunos grupos habían resistido hasta el final: se tiraban al piso y los gendarmes los apaleaban hasta que lograban arrastrarlos a un costado. En el colegio donde se refugió, las monjas tenían canastos con limones para amortiguar los efectos de los gases. Luego de algunas horas se reagruparon y marcharon a casa de gobierno. El centro de la ciudad los miraba atónito, qué coraje los docentes.

Esa noche, una marcha de unas veinte mil personas confirmó el repudio de la mayoría. Al día siguiente, la comunidad petrolera, indignada por la represión a los maestros, se dispuso a ensayar su segundo bloqueo a la ruta. Ahora se trataba de solidarizarse y ayudar a los docentes, los maestros de sus hijos. Ya habían corrido hacía un año a la gendarmería. ¿Cómo no lo harían de nuevo? Entonces a la gendarmería se sumó la policía de la provincia. Con la reglamentaria escondida en la espalda, calzada al cinturón. Una bala de plomo terminó con la vida de una mujer del vecindario donde reprimían. Había salido a hacer compras, se detuvo a mirar qué pasaba, y la policía hizo el resto.

Docente muerta en Neuquén, gigantes letras amarillas sobre fondo rojo era el cartel de Crónica. La mamá de Estelita rompió a llorar. Mercedes la llamó, porque había visto el mismo informativo. Y entonces empezó el balanceo del batón al ritmo del brazo que por tres veces caía sobre la cinta, preguntándole a Dios dónde estaba Estelita. La cinta, el batón, el ir y venir, las preguntas, la salud de hierro, la cabeza también, la abuela desalojada de la sala de partos, la resistencia colectiva a otros desalojos, la civilización hecha barbarie, la tía de Estelita, las columnas de humo, la televisión, la policía, los gendarmes, el agua de fuego, la muerte, el agua de fuego, la vida...

 

lunes, 13 de diciembre de 2021

ASESINAR EL CIELO

 

 

 

Sentado al costado de un canal de riego, mirando correr el agua que llevaba piedras, hojas y algún nailon, Benito Saldíbar se dejaba mecer por el viento que sacudía las ramas de los álamos. Había limpiado ese canal durante tres, cuatro días. Ya no recordaba cuántos. Fue después que me vine del pueblo, ese día de la curda, pensaba, pero se le juntaban las imágenes de la camioneta de banquina a banquina, con las de la otra, la mujer aquélla. Aquella mujer me enloqueció, pensaba, ahora ya no, o creía que no; porque entre sus ojos y la silueta de esa mujer dibujándose levemente en el horizonte, se interponía la otra fila de álamos, las bardas y el cielo, que andá a saber si no está ahí en el cielo.

Pero su instinto de hombre macho, criado para hacerse obedecer y para desconfiar, le decía que no, que el cielo estaba muy lejos todavía; mucho más lejos que lo que alguna vez se le hubiera ocurrido cuando chico, mientras rezaba ese padrenuestro pegado al olor de pino del banco de la capilla, ante los ojos atentos del padrastro, o del cura. El cielo, no ese azul descolorido por el humo, el verdadero cielo que le había prometido el maestro de cuarto grado si juntaba todos los papeles del piso. Y Benito los había juntado, pero después pensó que era poca cosa para ganarse el cielo. Y era así nomás, el cielo está muy lejos, tan lejos que ni sé si es cierto, o era una mentira de los curas de mierda, para doblarlo, cuando después, en séptimo, o en sexto, ya ni se acordaba, se le había ocurrido espiar el patio donde las filas de pupilas de las monjas pasaban hacia el comedor, para desayunar. “¡Y no vas a ir al cielo vos!”. Era la peor cachetada.

Ni al cielo ni a ningún lado. Dijo el padrastro. Y le dio una cinteada por el lomo. Para que aprendas a espiar, mocoso’e mierda. Aunque se atajaba, el viejo no aflojó. Después se acurrucó sobre la colcha, y se durmió con los mocos pegoteados a la almohada, y la imagen de un Dios de barba larga que quería abrazar a las pupilas él solo, con un brazo imponente, y que con el puño del otro lo apretaba a él, que era mucho más chiquito, casi casi hasta que le crujían los huesos. A la mañana la madre lo despertó abrazándolo, y le trajo café con leche y dulce de higos sobre los trozos del pan tostado. Pero igual pensó que la madre se tomaba ese trabajo sólo después que ese hombre lo castigaba. Las palizas eran por poca cosa, ni se imaginaba a veces que la iba a ligar. Por robar un pedazo de torta del aparador, por pelear con la hermana, por escaparse a la hora de la siesta. Ni cielo ni nada. Mejor este vacío del viento que lo acunaba, le parecía, como una gran madre-padre, mientras creía que se veía a sí mismo más joven, con los cabellos largos. ¡Parecés un indio! Le decía el hombre. Indio soy. Contestaba él con orgullo, y se iba, para no asustarse por el gesto violento del otro. Con las pesadas crenchas negras apenas agitadas por el viento que dejaba atrás, a los costados, subido al Malacara digno de un cacique.

Después se había ido. Ya tenía dieciocho, y el viejo se había tomado el derecho de fajarlo como cuando era chico. Así que juntó unas pocas cosas, y como no sabía a dónde dirigirse, pidió asilo en el prostíbulo a donde lo habían llevado hacía unos años. La vieja puta que lo había amamantado entre espasmos y sudores, se apiadó de él. Quedaron en que ayudaría al tipo de la entrada con la limpieza, y en que no apareciera por las noches en el salón. Se acomodó a la situación como pudo, y volvió a acostarse con la de la primera vez. Le parecía que ella lo quería un poco, y con eso le había bastado. Por lo demás, el cariño de todas ahí era un paraíso.

Pero después se le fueron amontonando los “andáte al cine bebé, esta noche tengo muchos clientes”. Se sintió infinitamente otra vez abandonado. Rumiaba su despecho tomando una ginebra tras otra, en el salón, habiendo roto el pacto. Las otras chicas se apiadaban y venían a abrazarlo, de vez en cuando, o a tenerle lástima; ¡lástima! Que bronca que le daba. Cuando no aguantó más, se fue. No haber conocido entonces a aquella mujer. A esa que le había parecido el cielo que buscaba desde chico, cuando subía a las bardas (meseta, dijo el maestro) para tocarlo hasta las nubes. Pero el cielo estaba más lejos, tan lejos como esa mujer que conoció cuando ya las cicatrices de tantos desengaños rociados con alcohol no le permitían aceptar que alguien pudiera quererlo.

Esa mujer no era el cielo, no señor. Lo habían engañado nuevamente. Quién puede comerse que una mujer sea un ángel, quién. Solamente él, pedazo de estúpido, antes, porque lo buscaba  y lo buscaba; quería encontrarlo en algo tangible, corpóreo. Y dónde más que en ese cuerpo de mujer, suavecito, de piel como bebé. Qué mejor. Pero ella se ponía distante cuando él tomaba, se le ponía lejos, como el cielo cuando era chico. Eso lo violentaba. Quería humillarla, lastimarla hasta lo más hondo, desenmascarar el cielo mentiroso, destrozarlo en ella. No se animó a pegarle, pero sabía que era peor, había sido peor montársela borracho, sobarla y sobarla y no acabar nunca. Aunque en el momento no era adrede, simplemente, no podía controlarse. A la mañana, se alegraba de que ella llorara ovillada a los pies de la cama. El cielo gemía, se caía. ¡Bien, mierda! Ya que no podía alcanzarlo, que se trizara como vidrio, que se corrompiera como él, que se desintegrara en ella. Parecía justo dominarla, ella no se quejaba. Pero después se iba, y él se desesperaba ante otro abandono. Corría a buscarla y prometía, como en el confesionario. Fingía por un tiempo que no había pasado nada. Ella devolvía silencio. Se quedaba, cierto, pero solamente el cuerpo. Nunca podía saber lo que pensaba, y sentía cómo se le iba de las manos, cómo se corría de su lado con distancias cada vez más infranqueables. Entonces, había decidido que él la dejaría. Él sería el que abandonaba.

Había sido bueno abandonar el cielo, el ángel, quedarse con lo suyo, su pelo negro de hijo de indio, su voluntad de fierro de araucano. Mina de mierda, las ínfulas que tenía, con él, no decirle nada, a él, que habría sido cacique si otra historia. Sabía pedacitos, pero la sabía. Había escuchado a su madre hablar con la abuela sobre él. Sabía que el padre no era el padre, y que el suyo había muerto junto con otros obreros en la construcción del gran dique. Sabía que su tatarabuelo había organizado la resistencia, y había sido prisionero y muerto por el capitán blanco, sabía todo. Por eso se había negado a hablar, muchos años, hasta que ese hombre que quería ser su padre empezó a fajarlo, a exigirle que pronunciara mínimo el saludo a los demás, cuando se levantaba.

En el agua se había atascado un terrón grande de barro, y Benito Saldíbar interrumpió sus recuerdos para aplastarlo. Si la hubiera conocido antes, tan buena que le parecía imposible. Pero no, ya había tenido otras mujeres, y algunos hijos. Ninguna como la primera, es cierto, pero era puta, y al final lo dejaba; aunque las otras tampoco se habían quedado con él. Todas lo abandonaban, como la madre, que se había casado con ese gringo hijo’e puta, para morirse después. Suerte que se había ido, si no capaz que terminaba matándolo, matando en él todo lo que odiaba, lo ajeno, lo extraño, el invasor.

Esa mujer se parecía a la primera, y se parecía a la madre. Por eso se había confundido, maldita sea. Se les parecía a las dos, y por eso el paraíso, el cielo perdido y encontrado en un cuerpo de mujer. Hasta que no soportó sus silencios, y necesitó destruirla, matar para siempre el espejismo. Pero antes la había vuelto a buscar, sinceramente convencido de que por ahí se había equivocado, que de verdad era un cielo para él. Ella estaba menos entregada. Él había sospechado la desconfianza, y ya no la llamó cielo ni ángel, ya no le salía. Capaz que ya sabía que quería matarla. Benito Saldíbar seguía la flotación lentísima de las hojas semipodridas en el agua que corría apenas, casi estancada.

No quería recordar más, porque las imágenes como garras le estrujaban el estómago. Un cachetazo en plena cara, la cabeza de ella girando violentamente al costado, sus ojos abiertos a entender, ahora suplicantes. A la mierda el cielo, había pensado. A la mierda, mientras el cuerpo de ella caía por el barrancón de la barda, golpeándose con las piedras, y haciendo un ruido espantoso contra las pircas que la detuvieron, sangrante la cabeza desarticulada. Escapó enloquecido, y mientras chupaba ginebra tras ginebra, no sentía dolor ni culpa, sino la certeza de que por fin el cielo había desaparecido. Ya no más paraíso, ni Dios ni nada. Ahora sí se sentía libre para mirar como el agua se estancaba en las acequias de la chacra, en el páramo, lo único que le había quedado de esa tierra inmensurable donde cabalgaban sus abuelos y los abuelos de sus abuelos.


(Publicado en la Antología Literaria Pluma de Oro 2013. Córdoba, Ediciones Luz del Alba)

 

 

 

SILENCIOS

 


En cariñoso recuerdo de todas mis alumnas y alumnos

de Valentina Sur y de San Lorenzo Norte

 


Analía cerró la puerta de calle y se detuvo a mirar la tierra arenosa de la vereda. Un fresno raquítico crecía a un costado de la casa premoldeada. Avanzaba agosto y no traía el árbol ningún brote todavía. Analía tenía sed, pero se aguantó. Acomodó el bolso en el hombro y empezó a caminar. El bolso pesaba bastante. Había metido todo lo que le pareció útil, camisón, bombachas, otro pulóver, dos camisetas, medias, las zapatillas nuevas, y las carpetas, porque pensaba seguir yendo al colegio mientras pudiera.

Unas cuadras más lejos se enfrentó al alambre tejido de otra casa, con un álamo que sombreaba todo el patio a esa hora de la mañana. Al fondo se veía un rancho, mitad adobe mitad ladrillo. No sabía qué hacer y terminó sentándose en el piso seco de la vereda. Una mujer gorda salió, secándose las manos en el delantal. Después, se las llevó al pelo instintivamente; a las pelusas del costado de la cara, como para emprolijarlo apretándolas contra la sien con sus manos húmedas. Analía hizo coraje, se irguió y le habló muy seria. Pero la mujer ya sabía, y casi sin palabras la hizo pasar.

En la cocina de leña que humeaba un poco, ardía un pequeño fuego. Una olla dejaba escapar vapor y también una pava con la que la mujer estaba tomando mate, más retirada hacia el costado de la olla, para que no hirviera. La hizo sentar. Analía se sentía incómoda, quizás porque no tenía palabras para decirle a la mujer. Ésta, a  su vez, no remediaba el silencio instalado entre ambas y por ser el primero, no se sabía si era de complicidad o de antagonismo. Pero tomaron mate dulce un rato.

La mujer estaba sentada cerca de la cocina, para abrir la puertecita de hierro e ir echando los tronquitos adentro. Se sirvió un mate que tomó largamente mirando el piso, y se tomó su tiempo para alcanzarle el segundo a Analía, que empezaba a ponerse nerviosa. Finalmente, la mujer se paró y le indicó con un gesto que la siguiera. Atravesaron un pequeño pasillo muy oscuro, y la mujer entreabrió una rústica puerta de madera gruesa. La luz entraba por la amistad de una pequeña ventana con cortinas floreadas. Una cama y su mesa de luz, una silla y un ropero viejo completaban la habitación. Analía dejó su bolso sobre la silla y miró interrogante a la vieja. Ésta dijo: –Por ahora se acomodarán acá; después veremos. Podés arreglar tus cosas si querés. – La piba asintió. Se miraron a los ojos y cuando afloraron las lágrimas en los de la pequeña, la vieja la abrazó fuertemente y le acarició el cabello. Luego salió sigilosamente del cuarto.

Analía se sentó en la cama y puso la cara entre las manos; se quedó un rato así, pero después las apoyó sobre las rodillas, y con el dinamismo que la caracterizaba se levantó, desanudó la tira del bolso y empezó a sacar sus cosas. Abrió el ropero y ordenó allí la ropa. Dejó las carpetas afuera, para repasar los temas de ese día. La vieja se asomó a la pieza y la ayudó a sentarse en la cama, para que leyera. No dijo nada. Más tarde la llamó a comer y Analía fue hasta la bomba del patio para lavarse las manos. La vieja le sirvió un plato de sopa y después puso una fuente con puchero sobre la mesa. Comieron en silencio. Ayudó a lavar los dos platos y a retirar los restos de comida, volvió a lavarse y luego regresó a la pieza para ponerse el guardapolvo. Tomó sus carpetas y dijo hasta luego. La vieja la volvió a abrazar y le dio unas palmaditas en la espalda.

En el colegio, la algarabía de siempre.  La chica quería decirle a alguien más que estaba embarazada, pero dudaba entre la preceptora, el director o la asesora pedagógica. Por fin, se lo contó a su amiga de la primaria.

 

 

 

(Editado por el Círculo de Escritores del Comahue en 2012, en la antología PALABRAS, VIDA Y SENTIMIENTO)

ANDA Y NO ANDA


 

En el campo, en tiempo sin corriente eléctrica, un aparato de radiotransmisor es elemental. Radio escuchábamos mientras barríamos los patios, radio mientras se regaba la quinta, radio tenían los peones en su casa cercana al garaje. Radio a toda hora. ¿Las emisoras? LU2, Radio Bahía Blanca y LRA, Radio Nacional Santa Rosa, eran las preferidas, por sus programas y su música (a mamá le gustaba el folklore de radio Santa Rosa, donde había un programa: “Tardecitas pampeanas”. La de Bahía nos daba las noticias de la zona y entonces entraba Carhué, nuestro pueblo). Llegábamos a pelearnos entre nosotros, por ver quién se llevaba la radio a acompañar sus quehaceres cotidianos. Los domingos a la noche, nuestros padres escuchaban “Las dos carátulas”, teleteatro que ponía a su audiencia hasta tragedias griegas.

Un día, yendo al pueblo, papá puso el dial del auto en una emisora inexistente: se escuchaban sólo descargas. Y protestamos que ahí no había nada. Entonces nos explicó que era el punto de LU 25, Radio Carhué, que todavía no había empezado a transmitir pero que en cualquier momento lo haría. Escuchábamos la descarga radial, esperanzados de ser unos de los primeros en escuchar la primera palabra al aire, aunque eso nunca sucedió.

Radio Carhué era una radio de pueblo, con locutores, operadores y productores aficionados y conocidos por todos. El dueño se llamaba Mario Fernández, y el “todo servicio” en la radio, Víctor Albarrán. Él hacía un programa de folklore a la tardecita, que empezaba con versos del Martín Fierro, ladrar de perros y ruidos de cascos sobre el camino (algunos decían que a los ruidos de cascos los hacía con una baldosa, no sé cómo haría el ladrido).

Lo cierto es que criticándola todo el mundo, todo el mundo la quería. Era nuestra radio, la radio del pueblo. A veces metían la pata, como una vez que inmediatamente de una necrológica dijeron el slogan de la tienda “El gaucho”…: “Falleció en nuestra ciudad fulano Pérez… Fue una gauchada de grandes tiendas El gaucho”. Pero peor fue la vez que el locutor dijo “Llueve torrencialmente sobre nuestra ciudad”, y en realidad era que se les estaba rebalsando el tanque de agua. La queríamos tal vez por eso, porque nos era cercana y familiar, porque se mandaban las mismas macanas que nos podíamos mandar en casa.

Así que no nos cayó tan bien el chiste de una niña, seguramente mandada por mayores, en El club de los pibes, programa de los sábados a la mañana. Es cierto que a veces la frecuencia se cortaba, no tenía potencia o se superponía con otra. Pero no era para tanto. La niña dijo que tenía una adivinanza. “¿Cuál?, decíla” dijo la locutora, a lo que la niña no se hizo rogar: “Anda y no anda ¿Qué es?”. Todos opinaban pero nadie acertaba, entonces la mocosa impertinente soltó: “Radio Carhué”. Inmediatamente la voz de la locutora intervino para anunciar una tanda comercial, pero todos nos ofendimos un poco con la situación, porque en los pueblos las cosas no se dicen así, en la cara, se dicen por detrás. Pero por sobre todo, porque la radio era nuestra, era de todos.


(Relato publicado en el libro Prendí la radio y se encendió el aire (2013) Neuquén, UNC Calf)

 

 

lunes, 2 de agosto de 2021

LEY

 


 

A la memoria de Don Ángel Pereira, del Uruguay, domador de caballos,

y en recuerdo de Roberto Carballo, peón rural.


Un tordillo enorme, con las crines blancas que ondula el viento cae desplomado, sin sospecha posible del puñal que fisura el paso entre la vida y la muerte. Alguien dice “hay que cuerearlo”, y lo veo con su panza absurda como una loma gris entre las patas, los grandes ojos de agua abiertos al horizonte ausente.

Voy con el que lleva un cuchillo afilado hace un momento, y una piedra para continuar haciéndolo, a medida que avance su trabajo. Mi pierna se agujerea en las púas de un alambre, y él me rescata. Seguimos, y doy vueltas alrededor del tordillo haciéndose despojo sanguinolento, en tanto que el diestro cuchillo despega su envoltorio terrestre.

- ¿Dónde van los caballos cuando mueren? -. Nadie responde, y me retiro cabizbaja hacia las púas. Quisiera no necesitar ayuda para cruzarlas, y lo consigo. Llego hasta el alazán, que me huele la muerte y tiembla un poco.

Al día siguiente, la tropilla camina tras el sonido metálico y caprichoso de la yegua madrina. Adelante, el Uruguayo. Toda la mañana se ha tomado el hombre. Primero con cabestro y palenque. Hablaba una voz suave, acariciante como látigo contenido. El animal tembló ante cada vocal, las patas clavadas en el suelo. A veces, la desesperación lo hizo encabritarse contra las lonjas que le oprimían la cabeza.

Se entregó poco a poco. Sin embargo, cuatro o cinco horas son un bajo precio para su libertad, pero él no lo sabe. El Uruguayo no lo monta todavía; lo lleva cabestreando detrás de su propia cabalgadura, un oscuro brilloso con la estrella sobre la frente, entre los ojos vivaces. No sabe que ya nunca se pertenecerá a sí mismo. El otro, detrás, sí. Todavía bufa y alza la cabeza desafiante. Cuando vuelva, a los seis o siete meses, el potro tendrá nombre y será un caballo manso, aunque brioso todavía. Habrá que cuidarse de tocarle las verijas. Dos años  más y su mansedumbre de perro será desoladora.

Desde la ventana de mi cuarto los veo irse, envueltos en la tierra que levantan polvorienta los cascos apretados al piso, alzándose impotentes. Cuando ya no lo soporto, me lanzo al corredor, al patio grande, a los corrales, y lloro desconsoladamente junto al cabestro vacío en el galpón. El del cuchillo se acerca, vacilante, me tiende una mano. No ha comido nada desde ayer, por la impresión de la muerte y se me acerca cauteloso. Su cintura exhala todavía el olor de la sangre pero sus manos limpias me toman los hombros, hasta que uno de sus brazos me rodea y lloro sobre su pecho estremecido.

Giro mi cabeza y por la abertura del portón veo el molino grande, el alambrado y más allá, el horizonte inmensurable. Mientras me repongo toma mi mano y me guía hasta el osario de las bestias. Sin hablar señala el hueco donde ayer dejó el despojo del que era el tordillo. Un vacío de grieta se abre a lo profundo, en ausencia del cadáver. El del cuchillo no dice nada. Sólo quiere que compruebe el milagro o el misterio. Como no entiendo, sospecho que sólo se trata de un consuelo urdido para mitigar el dolor.

 

Los cascos apenas rozan el piso, mientras las patas describen círculos suaves en el aire; las largas crines ondean y también mis cabellos que ya tocan las nubes. A un costado, las grandes alas, completamente desplegadas, suben y bajan con blandos movimientos ondulatorios.

En un instante estamos sobre la barda que se agrisa, y luego sobre la cinta azul del río. Me reacomodo en la grupa, alzo los brazos y el viento los empuja hacia atrás. Navegamos hasta que las ciudades son sólo puntos lejanos; y ascendemos más todavía.

Sobre el río, descendemos unos miles de metros. Algunos pájaros sobrevuelan en torno. El alado no tiene nombre ni sabe el mío, pero armonizamos una frecuencia de brazos extendidos hacia atrás por  viento y ondular de alas enormes. A un costado del hilo de agua, la tropilla que ya se lleva el Uruguayo levanta una nubecita de polvo.

No hay horizonte frente a mí, sino un desconocido  vacío que me invita e intuyo abierto al infinito. El placer de la armonía entre brazos y alas me concentra y mantengo el rostro hacia adelante. Ambas sensaciones son la fuente del goce que invade mi cuerpo desde el vientre hasta el pecho, desde el pecho a los brazos, y que baja dulce hasta las piernas ceñidas a la panza del que vuela.

Ha pasado mucho tiempo desde que cabalgábamos todos por los campos y los peones ocultaban la muerte a los más chicos, para evitarles el dolor. Ahora, la ausencia de cadáveres tiene otro significado. Sigo soñando con caballos, y cuando estoy despierta alucino la libertad flotando entre las nubes.

Hace unos meses, me enteré de que el domador murió, apretado por su propio caballo, de una forma cruel y asombrosa para todos. La gente decía: “Murió en su ley”. Desde una inexpugnable sensación de rebeldía me pregunto cuál es esa ley y quién la dispone. Más bien creo que el oscuro (estrella en la frente) fue el Vengador de sus congéneres. La ley es la venganza. A la gente le cuesta admitirlo, pero a mí me cuesta aceptar lo que dice la gente.


(Cuento publicado en El mundo del trabajo (2010) Buenos Aires, CTA.

 

 

 

 

AGUA

 

 

Anoche tiré los huesos de mi hermana al río. Los llevaba conmigo desde hacía muchos años, en un viejo canasto de ropa sucia. Me acerqué a la ribera, lo puse boca abajo, y apretando con fuerza los laterales cercanos al fondo, lo alcé y sacudí con tres movimientos firmes. Al caer, produjeron un ancestral chapaleo de objeto que se hunde. El remolino del agua se los llevó. A veces rebullía y brillaba una arista cortante, o el filo de una vértebra bajo la luz de la luna. Me senté en la orilla un instante hasta verlos irse.

Los huesos, antes siempre en el canasto de ropa sucia, en el baúl del auto como una compañía lúgubre que tañía a cada barquinazo, a cada vuelta de esquina, o en el bache profundo de alguna carretera; los huesos, ahora, bajo cientos de mililitros de agua. Respiré hondo. Estaban dentro del canasto, en el baúl, desde que se inundara el cementerio. Los había sacado cuidadosamente de la tumba, sin más compañía que un pico y una pala.

Hacía casi un mes que los habitantes del pueblo habían enloquecido al enterarse de que pronto la crecida iba a anegar el cementerio, destruir las lápidas, romper los ataúdes, revivir el vaivén de la vida en el lugar que suponían silencioso y dormido, eternamente acunado por arrullos de torcazas. De manera que un gradual desvarío había ido apoderándose de todos. No pude sustraerme, y me dejé llevar por el ondular de los chismes, las distintas versiones, los delirios y las fantasías de la gente. Sola, cargué las dos únicas herramientas que tenía, viajé casi seiscientos kilómetros, y cuando llegué, acudí directamente al cementerio. Parecía un pueblo bombardeado durante la guerra: trozos de ornamentos mortuorios apilados a los costados de los senderos; montones de tierra por todos lados y desparramadas aquí y allá, manijas y tapas de ataúdes podridos por el tiempo. Mientras forcejeaba con la lápida, recordé mi infancia.

Trozos de palabras y de imágenes se armaron como un rompecabezas dentro de mí. Correteaba por los senderos, vestidito blanco con puntillas, hasta que mi madre me llamaba para limpiar el remedo de capillita que presidía la tumba de mi hermana. Mamá regenteaba la secuencia fija del ritual. Primero, los objetos más cercanos al vidrio de la puerta: un florero diminuto de loza con pequeñas flores de plástico y una estatuilla de la virgen de Luján forjada en hierro y cubierta con alpaca u otro metal noble. Luego venía la foto de mi hermana, enmarcada en el mismo material que la virgen. Una imagen sepia, opaca, desde donde me increpaba un tiempo desconocido. Ni siquiera me miraba. Era una niña a la que en vida llamaban “Negrita”, en brazos de alguien ausente, porque la fotografía había sido recortada para que su tamaño coincidiera con el del pequeño portarretrato. En casa no había fotos de la hermana, así que me quedaba mirándola un rato, intentando grabar su rostro en mi memoria.

Mientras sacaba una a una las ofrendas, arrodillada junto a la lápida bajo la mirada atenta de mi madre, una leve opresión invadía mi estómago. Después seguían dos o tres objetos más, que representaban el breve pasado de mi hermana. Entonces retiraba la carpeta de plástico blanco y me apresuraba a alejarme unos pasos para lavarla con agua y detergente. Mamá, en tanto, elegía los mejores pimpollos y los brotes verdes más nuevos para adornar los floreros exteriores. Uno de ellos estaba sobre el lugar donde imaginaba sus pies.

Otra vez sentía un leve malestar en el estómago... ella, ahí abajo... ¿por qué yo, acá arriba? ¿Ella podría venir conmigo, o yo tendría que estar bajo tierra para que pudiéramos encontrarnos? ¿Estará dormida si voy? ¿Su cabeza mirará hacia arriba o hacia el costado? ¿Por qué ella está adentro, y yo afuera? ¿Afuera de qué? ¿Adentro de qué? Un delgado hilo nos unía, a mí y a ella, en la vida y en la muerte. El nombre. Me apuñalaba los sesos. Me llamaban igual, había nacido poco después de su muerte. En tanto, mi madre sacudía la tierra del ángel que coronaba la capillita.

Ciega de furia y angustia, le di los últimos golpes a la tierra, y saqué un pequeño ataúd semipodrido, cuyos pedazos quedaron en los costados del pozo. Retiré la tapa, carcomida por la humedad de la tumba, y apareció ante mí un pequeño esqueleto infantil, casi intacto, enterrado hacía veinticinco años. Cuando abrí los ojos, cerrados un instante o una eternidad, vi a dos o tres curiosos que merodeaban alrededor. Nadie había intentado exhumaciones en esa área, porque se suponía que los bebés y niños ya habían sido disueltos por el paso del tiempo.

Alguno sugirió dejar todo como estaba, pero ensordecida y frenética, saqué uno a uno los huesos y el cráneo que habían llenado tanto tiempo mi memoria y los fui depositando en el canasto de mimbre. Después lo cargué con ambos brazos, sin preocuparme por el montículo de tierra que quedaba junto a la fosa vacía. Ninguno de los curiosos me siguió.  Habían regresado a sus muertos.

Dejé el canasto en el piso, abrí el baúl del auto y lo introduje allí. No quise buscarles otro cementerio, por evitar el papelerío de innumerables trámites. Decidí que hacía muchos años que llevaba a la muerta conmigo, de todas maneras, así que qué más daba. 

Anoche sentí que debía dejarla descansar. La casualidad o el sino inevitable coincidieron para que finalmente lo hiciera bajo el agua. Me había sido imposible obtener un lugar en ningún cementerio: ¿cómo explicar la tenencia de los huesos? Vivía en un departamento sin patio, en la ciudad, y mi conducta habría sido extraña para la gente conocida. Así que sola otra vez, elegí el río.

En el lugar donde me había detenido, el torrente se desplazaba lleno de vitalidad, para ensancharse luego. A mi lado pasaban hojas plateadas por la luna, nítido testigo de la ceremonia. Pensé en esa otra agua, estancada, sobre el pueblo-atlántida moderna y sobre las criptas derruidas. Imaginé el moho, junto a las cornisas que sobresalían del agua; y la melancolía de ese paisaje, bajo la misma luna, confortó mi alma atormentada. La reliquia entrañable descansaría bajo el líquido limpio que sigue su camino, y no continuaría su pudrición en el pantano donde la fertilidad de la naturaleza había sido ahogada por vallas y cementos mortuorios.

Después de unos minutos, dejé caer el canasto que se alejó flotando. Regresé al auto por el sendero bordeado de piedras. Antes de encenderlo, respiré hondo. Enfilé hacia la carretera, y por un instante, me sorprendí queriendo escuchar el leve tintinear de huesos en el baúl. El silencio, apenas interrumpido por el ronronear del auto, invadió el ambiente. Mientras volvía suspiré otra vez, con la certeza de que ya podíamos descansar. Todavía la luna iluminaba la carretera.



(Cuento finalista en el Concurso I Premio internacional Maestro Francisco González Ruiz; publicado en Antología de Cuentos Breves (2021)Madrid, Hoyesarte)

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